domingo, 16 de enero de 2011

Marlon Brando, el Padrino y otras muertes

I just want to be normally insane
Marlon Brando

Cuando Norma y yo aún vivíamos en Lima y recién empezábamos a salir solíamos tener maratónicas conversaciones sobre muchas cosas, recuerdo una en especial donde mencioné que una de mis películas favoritas era El Padrino (The Godfather, 1972) y ella me confesó que jamás la había visto. Mi cara de incredulidad la desconcertó y luego de asegurarme que no era mentira, organicé, al día siguiente de nuestra conversación, un movie night en mi casa. Estaba muy ansioso por ver la película con ella, tenía todo preparado la gaseosa, pizza y bocaditos en la mesa de centro, estaba seguro que la noche iba a ser perfecta. Yo siempre suelo ser muy maniático con las cosas que me gustan y hasta a veces me olvido del mundo cuando hago algo que disfruto mucho. Creo que llevábamos casi media hora de película cuando volteo a verla para hacer hincapié sobre una escena cuando veo que ella recostada sobre mi hombre ya estaba dormida. Inmediatamente tuve dos reacciones. Una era gritarle a voz en pecho como podía haberse dormido viendo tremenda película inclusive sabiendo que era una de mis favoritas, pero después de unos minutos de verla dormida sobre mi hombro me produjo tal ternura que simplemente la dejé dormir y yo terminé de ver la película solo. Incluso ahora después de años de estar juntos, le recrimino tal hecho de dormirse frente a una obra maestra, para mí sería como en una actuación de Marcel Marceau gritar: por favor señor podría subir la voz, no puedo escucharlo. Ella siempre repite que después de ver la escena donde le cortaban la cabeza al caballito supo que era suficiente.

Hace algunos días revisaba mi cuaderno de apuntes, una especie de diario o bitácora donde anoto ciertas cosas que me llaman la atención, y encontré uno donde escribía precisamente sobre esta película. Fue escrito en julio del 2004 cuando aún vivía en la ciudad de Québec. 

Marlon Brando como Vito Corleone (The Godfather, 1972)

Québec, domingo 11 de julio del 2004

Ayer por la noche me quedé viendo El Padrino (una de mis películas favoritas) hasta casi las 3 de la mañana. No recuerdo exactamente cuantas veces la he visto, pero puedo asegurar que más de 50 veces. Aunque esta vez era más emotiva, por varias razones: Una de ellas era que la veía acá en Québec por primera vez, solo en plena madrugada, con un vaso de agua y muchas palomitas de maíz, que la vi en francés (cosa no recomendable, la traducción es horrorosa y nadie más que el propio Brando para entonar como Don Vito Corleone) y por último que el gran Marlon Brando acaba de dejarnos el primero de julio pasado, a vivir eternamente en el cielo de su isla en Tahití, a reunirse con su hija Cheyenne que fue su adoración y que se suicidó en el 95 a raíz de no poder soportar la muerte de su amante en manos de su propio hermano Christian, las razones del asesinato aún no están esclarecidas. Dentro de todo Brando marcó una pauta en lo que se refiere a actuación e influyó fuertemente a toda una generación. Verlo en películas como Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, 1951), Apocalipsis Ahora (Apocalypse Now, 1979), El ultimo tango en Paris (Last Tango in Paris, 1972)  incluso en Superman (por lo que cobró 4 millones de dólares por 10 minutos de actuación) y en El Padrino hacen que uno se quede con la boca abierta con tales magistrales actuaciones. No puedo olvidar dos escenas en particular, el monólogo de Apocalipsis Ahora y cuando ve a su hijo muerto en El Padrino. Elevo una oración por el gran Marlon Brando que murió a los 80 años en la total indigencia, abandonado, solo, extremadamente gordo, viviendo del seguro social, encerrado en su casa de Mulholland Drive, recordado por sus tres ex esposas y sus nueve hijos, su isla que perdió por falta de dinero, su vida desordenada, extraña, indescriptiblemente misteriosa, pero con grandes actuaciones, quizás fue mejor persona en la pantalla que fuera de ella, pero no lo critico, quien soy yo para hacerlo, solo rindo un tributo a quien hizo que viera con otros ojos la actuación y las películas, gracias maestro.

Hoy como cada domingo fui a la iglesia a escuchar misa, claro esta con unas ojeras increíbles, con cara de pecador cinéfilo, pensando mucho en la muerte y envuelto en el aire metafísico de Brando (mandando a matar gente para arreglar los negocios de la familia o seduciendo a una francesa mientras el tango suena a los lejos o en plena guerra dilucidar pensamientos lúgubres) Me senté en la última fila, y lo mismo de siempre, mucha gente mayor, de mas de 60 años, por ahí una abuelita con su nieta de 5 años, una chica vestida como novicia con un rosario entre las manos y un chico que padecía de síndrome de down sentado junto a sus padres. El evangelio fue del buen samaritano. La homilía era imposible de entender. Un acento quebeco muy marcado y un sacerdote muy anciano para hablar. El calor era insoportable y no había aire acondicionado. Mientras me secaba el sudor de la frente con el pañuelo pensaba en esa imagen del buen samaritano. Inmediatamente se me vino a la mente la historia que me contó mi abuelo hace mucho tiempo. Mi abuelo Don Máximo Rojas (que por cierto era lo máximo) era pobre. Hijo de madre soltera con pocos recursos, desde joven tuvo que trabajar para poder mantenerse él y su madre. Por cosas del destino conoció a Don Víctor Baldeón que venía de una familia acomodada y se hicieron amigos. Años después mi abuelo conoce a la que sería mi abuela que resultaría ser una de las hermanas de Don Víctor. Los años pasaron, mi abuelo, a pesar de las negativas de la familia de mi abuela por no casarse con alguien de su altura, se casó con mi abuela, se compró una casa cerca de donde vivía Don Víctor y pasaron a ser cuñados, vecinos y mejores amigos.

 Parroquia Ste. Marguerite Bourgeoys, Limoilou, Quebec.

Una mañana cuando mi abuelo ya vivía en Lima, ellos vivían en Tarma en pequeño pueblo de pocos habitantes en el departamento de Junín en la sierra, y tenía ya más de 80 años, le llegó una noticia de Tarma. Don Víctor Baldeón había fallecido. Cuando uno llega a mi edad, me decía mi abuelo, uno se muere en cualquier momento, ¿porque dices eso abuelito? Tu nunca te vas a morir, te vas a quedar con nosotros siempre, ay hijito, uno se muere, yo ya para que quiero vivir, tu abuelita ya hace tiempo que se fue y no tengo ya lagrimas para llorarla, no me sale nada, estoy cansado, ando de aquí para allá, sin casa, sin nada, estoy viejo, no puedo hacer nada por mi cuenta, dependo de ustedes, ay abuelito, no piense eso, acaso se siente mal de estar con nosotros, esta es su casa, siempre lo va a ser, no quiero terminar como tu tío Víctor, ¿tú sabes como murió? Sí abuelito y por favor no se acuerde que se pone... ya ve abuelito no llore, por favor…

…Don Víctor iba caminando por la calle como todas las mañanas a las 7 de la mañana regresando de misa yendo a la panadería a comprar pan para el desayuno. En la puerta de la panadería empezó a sentir dolores en el pecho y perdió un poco el equilibrio, creyó llegar a la panadería pero el dolor fue intenso y se desplomó en la vereda. La gente que pasaba por ahí lo veía echado sobre el piso, pensaban que era uno de esos borrachos que no llegan a su casa desde el día anterior, lo miraban y pasaban de lado, nadie se molestó en ayudarlo, su traje sucio y el sombrero en el piso, una persona que pensó reconocerlo se acercó, lo levantó y lo llevó al hospital, llegó muerto, había sufrido un ataque al corazón y murió al poco tiempo. Estuvo tirado en el piso mas de una hora...

Ya abuelito no llore, eso ya pasó, el tío Víctor esta en el cielo, con mi abuelita, se están tomando un anisadito y escuchando a la Lira Tarmeña, ya ve abuelito, eso, me gusta verlo sonreír, cuando uno esta viejo, la muerte te coge donde menos lo esperas... Mi abuelo murió rodeado de sus hijos y nietos hace casi dos años, murió tranquilamente, echado sobre su cama, respirando forzadamente por el frío atroz de ese húmedo invierno limeño.

La homilía ya acabo, muchos ancianos, van a comulgar, caminan lentamente, pausados, con una cadencia tal que me enternece y desespera. Me pregunto en que momento nos espera la muerte. Veo en el periódico de hoy los obituarios, mucha gente mayor, muy querida según lo que dicen, la mitad de la población de la ciudad de Québec es mayor de 60 años, es una ciudad de viejos, es una ciudad donde la muerte siempre ronda, en busca de su próximo invitado al banquete eterno. Quizás la señora que me sonrió apenas le alcancé la limosna, quizás el viejito ese gruñón que me dijo no le entiendo nada y se fue cuando le pregunté si podía coger un cancionero o aquel sacerdote que hablaba muy quebeco y que respiraba forzadamente y sudaba con una sotana cerrada hasta el cuello. Al igual que el viejo Marlon, solo nos toca estar listos, con la maleta en el andén y el oído atento para escuchar la llamada antes de embarcarnos en nuestro último viaje.

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